jueves, 9 de agosto de 2012

Sábanas rojas


Permanecía ahí, sentado, mientras todo pasaba a mi alrededor. En una habitación relativamente grande, de 8 metros de ancho por 10 metros de largo, en un barrio casi olividado e inopotunamente insospechado, el burlesque se abrió ante mí mostrándome su cara más grotesca. La oscuridad misma dentro de la más retorcida mente humana, por lo exhibible y lo tolerable.
Era un galán más. Ducho, culto y buenmozo había llegado ahí por ingenuo, e iluso, si se quiere, me lo merecía, tal vez, por intentar consebir una relación de amistad con mi dealer más cercano. La anécdota siguiente es una muestra cabal más de que a veces las expectativas de construir una relación con un dealer son efímeras y de poco vuelo. Ya que uno, quizás, en algún punto, confunde las cosas que hay en común, la buena relación y esa mentira del "después me lo pagás"; con una naciente amistad provechosa para ambos, porque en fin, una relación de amistad es una constante reciprocidad de gestos y de intenciones. No me gustó nunca esa comparación del significado de la amistad con los "buenos negocios", he preferido acercarla a la relación entre dos seres, llamada comensalismo, que proviene del latín "compartir la mesa".
La escena se disponía con un trío de ultratumba, -en el que por supuesto me incluyo-, Mono, mi veterano proyecto de amigo y tranza de confianza, que me doblaba en edad, y su trola preferida, una muñequita despintada salida de una película under de New York o de un tema de los Redondos, con una fragilidad evidentemente devastada pero aún persistente y melancólica. Toda desnuda, como Eva. Morocha, petacona y una boquita pintada muy delicada, desubicada en tiempo y forma, también presa de lo que estaba por venir.
Más detalles: una cama de dos plazas, una mesita, una silla, mucha, mucha cocaína, y la eterna puerta que se proyectaba ante mí, lejana e inalcanzable.
Había llegado ahí, en realidad, por una excusa malísima que Monito me había contado y, que había terminado por creer de una manera tan estúpida que en algún momento se me cruzó por la cabeza que merecía estar ahí por pavo. Fue en ese momento que sentí ser un juguete del destino, pero no con esto me desligué de esa eterna culpa por encontrarme ahí, había hecho lo mío. Había sacado primera fila en el espectáculo más vomitivo del condado.
El lugar, entonces, se disponía pleno, y la habitación, por ahora, se encontraba tranquila. El gil -yo- se encotraba sentado, -con toda la ropa puesta-, y autoamordazado sin mordaza por la cocaína que bajaba por su mucosa y que le adormecía la campanilla haciendo que en cada pitada de cigarrillo se adivertiera en él un gesto de placer inconmensurable, aunque también, siempre incomprendido.
La cara de espanto era entendible con tanta fana, pero al Mono no le importo que yo le dijera que no, y lamentablemente tampoco le dio pudor cuando desabrochó su cinturón para que su puta le tirara la goma ya toda ahogada, drogada y rendida.
Era una de esas flores desgastadas ya entrada en los cuarenta, sobreviviente, entera o a pedazos, de la generación de los ochenta, esa camada tan confundida y vulnerable, que salía de una dictadura temida para entrar en el propio despotismo falopero de un mundo que no se alegraba de tenerlos en pie, ni había festejado con ella las batallas sobrevividas; el mundo con el que se encontraban se contentaba con amputar sus espíritus y silenciarlos hasta el final.
Había guardado en algún recoveco de su corazón mucho polvo y hastío, y confeccionaba, con dientes y uñas, algún que otro recuerdo que nadie conocía, y que le valía de certezas para su latido cotidiano, en un fichero del pasado que por ahí hasta ni ella sabía si todavía existía. Era una de esas putitas lindas que se enamoraban del vendedor y vivían drogadas, como aceptando, entre cuelgue y cuelgue, el paso inadvertido de la muerte por la romería de la vida. Esa vida, se habia estancado en algún punto del tiempo pero la llevaba adelante con alguna razón empolvada y remota, quizás por un hijo, o algún que otro recuerdo de la infancia, eso nunca se sabe.
Su chulo novio era presentable, fino, gracioso, altamente tóxico y netamente peligroso. Su cara se iluminaba en cada llamarada y dejaban bien en evidencia su pelo corto y bigotes colorados, y sus rasgos sajones o de europeo occidental.
Encendía su pipa cilíndrica de acero, que contenía, en su punta, enmarañada en una esponja de metal, clorhidrato de cocaína, previamente cocinada por él al mejor estilo cuchara, bica, agua y fuego. Fumaba y le tiraba el humo en la cabeza mientra ella daba muestras de ahogarse con el coso del tranza, entonces, ella lo miraba, de nuevo, con esa carita -sin remedio preciosa- y le pedía fumar, en cada seca, en cada pitada, ella se dejaba llevar un poco más.
Yo armaba otra línea y depositaba en esta la insoportable necesidad de que me llegue al corazón, y que, en contrapartida al miedo, al pánico y al asco reinantes, me sacara de esa habitación terrorífica en una camilla, directo al sanatorio y sin posterior velorio.
Me sentía todo un voyeur, pero desprovisto de excitación.
Costaba cada vez más picar la merca aunque haya sido de pan. Se notaba en mis nerviosas manos transpiradas pero aún delicadas, que trazaban a lo largo y a lo ancho, las líneas amargas sin destino certero, que hacían a simple vista, y a groso modo, la vida esquiva e imperceptible, que otra vez, se escurría por mis dedos, pícara y desenfrenada.
El zoom del desconcierto se dio en su mirada, otra vez con esa cara pilla, pero que esta vuelta me invitaban a participar de la fiestita, mientras el Monito se desabrochaba los botones del jean. Pero asexuado, quise zafar con un comentario naturalmente chistoso pero absurdo, inoportuno y de mal gusto, algo así como: "Cuando tomo no sirvo para nada, es como si el amiguito se metiera para dentro y no existiera... no es que sea puto, eh, y además estás divina, pero justo no es el día". A lo que le siguió una mueca ridícula en su rostro y una mirada reprobatoria y despectiva.
Posterior virulo, esta vez, doblemente cargado y progamado para fingir, en la percepción de la realidad, la tan anhelada paz, contraria al circo virulento e impío sin precedentes perpetrado por estos personajes para unos ojos inexpertos en esto como los míos, y aunque ya un tanto lúgubres y taciturnos por la presencia infalible y tenaz al caldo de la noche porteña. Presencia, no sin embargo vana, en esos lugares abstractos e insoslayables, donde putas y marginados desayunan un quenaso en una vereda de esta ciudad que dicen que nunca duerme, y es verdad.
Las jugadas siguieron, los dos en la cama, el Mono filmando todo, nunca pude ver esa filmación pero apuesto a que mi cara de espanto, en medio de toda esa fachada armada, daba un tinte de comedia, innecesario quizás, pero curioso.
La morocha se desvistió, cada vez más atorranta y provocativa. El Mono, ya endurecido, no daba más respuestas y sólo buscaba terminar de desvestirla ya arrodillada en la cama. Al bajarle los pantalones, entonces vi, una gota de sangre que corría por sus piernas. Estaba indispuesta. Las sábanas comenzaron a teñirse de rojo, casi vomito. Estuve al borde de salir corriendo, pero, a cambio, me serví otro pase, más cargado que los anteriores, pero menos esperanzado. Raspé mi nariz pero no lo advertí hasta que sentí un calor viscoso recorrer mi labio superior. Estaba sangrando, mi nariz estaba sangrando, y yo vi mi sangre manchando mi tembloroso dedo índice. Es todo dije, pero no accedí a finalizarlo, me limpié la naríz, y tomé otro para salar las heridas.
El se enfiestaba cojonudamente con su novia, con consoladores, y demases chiches, yo estaba ahí, con el tríceps y el antebrazo izquierdo entumecidos y anestesiados. La sangre reinaba por todo el lugar. El Mono no dejaba de insultar a su novia y de vez en cuando le pegaba cachetazos, según él la excitaba mucho más. Ella, desinteresada, seguía como si nada. De pronto la ví sacar por debajo del colchón un cuchillo Tramontina, -juro que podía haberla detenido-, pero en ese momento era sólo un maniquí, preso entre las venas de mi propio coraje vencido. Hundió el filo del cuchillo en su espalda a la altura del hígado mientras el fornicaba y casi llegaba al clímax, lo dio vuelta y hundió nuevamente el cuchillo, esta vez, en su cuello, asegurando así una muerte horrible pero no dolorosa.
Es cierto que una vez el Monito me confió que deseaba que una mujer le quitase la vida, de la misma manera que una mujer se la había dado pero llevarlo a la realidad era cínico. La sangre, ahora, cubría todo el lugar de verdad, no era sangre flujo de ella, era sangre con coágulos, que vertía del cuello del Mono como si drenara a través de él al río más caudaloso del Plata.
Ella se paró al costado de la cama, me miró y me dijo: "este hijo de puta se lo tenía merecido, llamá a la policía". Se sentó a llorar mientras llegaba el patrullero. Se entregó sin resistencia y confesó el crimen. De poco sirvió mi relato, que a duras penas podía dar en el estado en que estaba. Temblaban mis manos, sudadas hasta las uñas. Estuve doce horas en la comisaría primera del barrio de Balvanera contándole a una gorda que escribía fumando un cigarrillo, inexpresiva frente a mi relato.
Hilacha era cuando salí del talego, temblaba, estaba vacío, sentí que eran restos de mí lo que se sostenía sobre mis piernas. Las imágenes de la noche anterior me acosaban, no me dejaban ser, me preguntaba qué sería de ella, ¿se habría finalmente vengado? ¿Habría puesto en lugar del Mono a todos los hombres? ¿Habría querido hacer eso verdaderamente? Las psiquis son enredaderas de cosas que se confunden con otras. Ahora debía cargar con todo lo que había pasado, viviría todos los días, de nuevo, el cuchillo lleno de sangre en las manos de ella.
Al salir ya era de día, y yo en plena bajada, con un sol radiante, me encontré sentado en plaza Houssay viendo a los viejos jugar al ajedrez y recopilaba el suceso de la noche anterior. Después de esto, todo podía ser posible.
¿Qué le depara entonces, día a día, sol a sol, la vida, a este inexperto germen cosmopolita, este que no cree en casi nada, este ejemplar humano que siempre está acompañado por el ángel más tonto del lugar; ese que vive preso del intenso vértigo del mañana?

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