Ahora cuando el frío roce
con su hastío el cristal de mi ventana
no preguntaré dónde te has metido,
ni qué ha sido de mi parte enamorada.
No buscaré en los cajones,
ni en mi alcoba, no me atrevo;
los perdones que te debo
ni los cojones que me faltan.
Ahora cuando las sábanas
pidan clemencia a mi piel endurecida
no responderé con sollozos
a mi alma en agonía;
no pediré excusas
y volveré al ruedo haciendo palanca,
buscando en cada esquina
el cáliz perpetuo de tu pelo
que se encuentra lejos a mi Retina.
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