Llegaba el receso de verano y siempre sucedía lo mismo. Era como si la sucesión de los años llevara aparejada siempre una cierta regla impostergable: la acumulación de la misma situación, reiterada, infinidad de veces, hasta formar un criterio que se animaba casi a describir la realidad tal como era, pero en distintos momentos. Era yo mismo y siempre en la misma secuencia de incertidumbre. Era, recuerdo, mucho calor, aburrimiento y una calma insoportable. Era iluso y admito que estaba viendo al tiempo como una sucesión lineal de hechos que se antecedían y se postergaban unos a otros, y no como un todo que debía ser fragmentado para ser asimilado; esquivando, a la vez, también, al supuesto y siempre inoportuno factor sorpresa; creía que las cosas estaban tan quietas que se mantendrían así hasta el final de los tiempos, por más que me diese cuenta de los cambios consiguientes.
Era diciembre, certero y abstracto. Símbolo de cierre, de fin. Primo hermano de la órbita donde el año exhala sus últimos aires y estira, a su vez, sus pies fatigados. Era cuando comienzan a ser recurrentes los pensamientos innovadores. Era diciembre como ceniza que volvería a arder. Era el diciembre de siempre pero a cara de perro como nunca, esta vez, había algo en él menos tenebroso que la esperanza y que era más evidente y un poco más dificil de percibir aún. Y hablo de esperanza en el sentido de condición ambiental necesaria y sine-quanón para el nacimiento de las cosas nuevas; y no en su sentido más común y naif que se le da habitualmente.
Era sin cesar verano, un verano que no será olvidado en el jardín botánico del barrio de Palermo, por esa famosa alteración del orden público establecido perpetrado por unos humanos con metejones de exibicionistas; ni en el cotorreo popular cotidiano de una sociedad que cada día pedía menos y se conformaba más, ni que decir del sudor mixto que cubría nuestras palmas al caminar; daba, este diciembre, el nacimiento a una nueva raza en la humanidad, una calaña desprolija y subalternada sin nación ni etnia fija; un producto nuevo, una especie de híbridos culturales capaces de aceptar las peores condiciones de vida, a cambio de una parte de alma, tiempo e identidad. Eramos el semillero de los mudos que sabiendo la diferencia callaban también en el pensar.
Era también el barrio, agreste y monótono. Era la Capital y su frenesí, siempre presente. Era siempre la Historia y su parcialidad total e inmortal, en su sentido más cotidiano. El mundo sentía constantemente el peso de los minutos acumulados, y lo hacía saber; nacer en él implicaba a su vez, la triste noticia de aprender a vivir con el sentimiento de la duda. Ubi sunt... pensaba hacia mis adentros.
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